
Además, son solidarias: dan de comer a las crías, en tanto que son débiles, vulnerables y dependientes, a pesar de no haber contribuido en la caza de la cebra. Y a lo mejor una leona ha corrido más que otra, pero todas comen porque el trabajo de todas ellas ha sido imprescindible para la consecución de la pieza.
Con el capitalismo, sin embargo, alguien controla las cebras, las tiene guardadas en un corral y decide quién puede entrar a cazarlas y quién no.
La leona proletaria, una vez haber sido seleccionada para el puesto de cazadora-esclava, tendrá que matarse horas y horas para cazar cebras y más cebras, aunque no tenga hambre y no las necesite. Pero eso dará igual, porque las cebras irán a parar a su jefe o jefa, esto es, a quien custodia las cebras, cuyo estómago es insaciable. Y a la leona, a pesar de haber sido ella quien ha trabajado, le tocará comerse una pezuña.
Y así es como los y las capitalistas, la burguesía, las clases medias-altas y altas, generan su propia riqueza a costa del trabajo de otras personas; a costa, como dirían Carl Marx o el anarquista Pierre-Joseph Proudhon, de la plusvalía que la clase obrera le ofrece.
De lo cual se deduce que el capitalismo no simplemente puede verse desde la perspectiva de que consiste en que hay alguien con mucho dinero que paga a otra con poco dinero por el trabajo desempeñado, sino que también puede considerarse en que consiste básicamente en el hecho de que una persona pobre y explotada regala estúpidamente lo que genera con su fuerza de trabajo a otra que se va a enriquecer a su costa.
.

No hay comentarios:
Publicar un comentario